En su oración, León XIV reconoce con dolor que «millones de hermanos y hermanas siguen padeciendo hambre, mientras tantos bienes se desperdician en nuestras mesas». El Santo Padre invita a despertar en los creyentes una nueva conciencia: aprender a agradecer cada alimento, a consumir con sencillez y a compartir con alegría, entendiendo los frutos de la tierra como un don de Dios «destinado a todos, no solo a unos pocos».
El Papa pide a Dios que haga a las comunidades capaces de transformar «la lógica del consumo egoísta en una cultura de solidaridad», promoviendo gestos concretos: campañas de sensibilización, bancos de alimentos y un estilo de vida sobrio y responsable. La oración concluye con una petición evangélica: «Que nadie quede excluido de la mesa común».


